El Arte de Sentirse Vivo

Vivir nuestras vidas en nuestros propios términos, comprometidos y enfocados en nuestros anhelos genuinos es más que nada un derecho. La libertad de elegir no pasa por ningún otro lugar que escuchar lo que nos pide nuestro corazón y puedo dar fe que nunca es tarde para hacerlo. Firmé tempranamente cantidades de «debería y no debería» tratando de adaptarme a lo convencional. Bajo la tiranía del miedo y la vergüenza no me permití encontrar mi expresión y me perdí en el laberinto del sin sentido.

Pero el arte es un latido oculto que como un susurro escuchamos en un fondo impreciso, y cuando le hacemos espacio despierta al alma alineando la mente y el corazón a lo que nos conmueve. Es el umbral prístino a nuestra más genuina libertad.

Cada camino es único tal como la forma en que la vida se expresa a través nuestro. Pero creo que cualquier esfuerzo emprendido en comprender el sentido esencial de este mundo y seguir nuestra inspiración se puede convertir en arte. No se trata de evaluar que sea bueno o malo por sí mismo sino de vincularnos estrechamente a lo incómodo y amigarse con la turbulencia de la duda y el desorden. Y dejarse abrigar por el gran misterio de haber nacido.

En concordancia con este tiempo de mi paso por este mundo, está naciendo un anhelado proyecto que será de algún modo la continuación de este blog. Poco a poco va tomando forma de la mano de amigos queridos que me acompañan con su apoyo y dedicación en los aspectos técnicos. Habrá fotos producto de la contemplación cotidiana, textos que abrazan la reflexión meditada, un diario para acompañarnos y artículos a modo de recursos. Pronto habrá novedades. Y como siempre, nos estaremos encontrando en la Naturaleza Profunda de la Vida.

La verdadera naturaleza del ser

En mi cuaderno de notas suelo asentar ideas sueltas, alguna percepción y también cosas que leo y me resultan significativas. Llevo tiempo elaborando sobre la verdadera naturaleza que nos constituye, cómo se manifiesta y el terreno fértil que representa el contacto íntimo con el mundo natural. En esta entrada intento expresar el significado de Samadhi.
Samadhi es una antigua palabra en sánscrito que significa unión,  unión de la persona individual con algo más grande, algo incomprensible para la mente. Es también la entrega de la mente individual a la mente universal. El propósito de toda meditación, yoga, alabanza y logro espiritual es Samadhi.
En el lenguaje de los místicos cristianos, es entregarnos a Dios. Samadhi es realizarnos a través de lo que el Buda llamó camino medio o lo que el taoísmo llama balance entre yin y yang.  Cuando el Samadhi es perfecto es la sabiduría de la Gran Realidad, una comprensión de la relación entre la forma y la vacuidad, de lo relativo y lo absoluto. Es entrar en la verdadera naturaleza de ser uno.
Samadhi comienza con un salto hacia lo desconocido, se debe alejar la conciencia de todos los objetos conocidos, de todos los fenómenos externos, de los pensamientos condicionados, de las sensaciones hacia la conciencia misma, hacia la fuente interior, el corazón o la esencia del ser.
La fuente no es una cosa, es la vacuidad o la quietud misma. El gran útero de la creación preñado con todas las posibilidades. Esta unión no puede ser entendida con una mente limitada e individual, solo se realiza en forma directa cuando la mente se aquieta. No hay ningún yo que despierte. Se despierta de la ilusión de ser un yo separado, del sueño de un yo limitado.
Samadhi es tan simple que cuando te dicen lo que es y cómo realizarlo, tu mente no lo comprende porque es justamente lo que necesita ser detenido para ser experimentado. aunque no es un acontecimiento en absoluto sino un estado.
¿Cómo podríamos utilizar palabras o imágenes para transmitir quietud? ¿Cómo podríamos transmitir silencio a través del ruido? Samadhi es un llamado radical a la inacción, a la meditación, al silencio interior. Una invitación a detenernos, a detener todo lo que está siendo impulsado por la mente egoísta. Mantente quieto y conoce. Nadie puede decirte qué va a emerger desde la quietud. Es una invitación a actuar desde el corazón espiritual.
Samadhi no es un estado alterado del ser ni una experiencia mística, es simplemente nuestro estado natural de presencia, de conciencia no mediada por el pensamiento.
La mayoría de la humanidad se encuentra en algún estado alterado todo el tiempo, un estado de identificación egoica con la forma y el pensamiento. Cuando uno está en el estado de presencia natural, libre de resistencia, la energía vital fluye con libertad hacia y desde nuestro mundo interior. Este flujo se convierte en una nueva interfaz con la realidad, literalmente, un nuevo nivel de conciencia o una nueva forma de ser-estar en el mundo.
A través de la antigua enseñanza del Samadhi la humanidad comenzará a entender la fuente común de todas las religiones y a alinearse nuevamente con la espiral de la vida, el gran espíritu, el dhama o el tao.
Samadhi es la puerta sin puerta, el camino sin camino, es el fin de la identificación con la estructura del yo que separa nuestros mundos interno y externo.

Del reconocimiento y la recapitulación espiritual.

¿Podemos confiar en la primera intuición que nos sugiere una explicación? ¿Es intuición o prejuicio? ¿Qué es una respuesta sino un destino provisional que encontramos conforme a nuestra historia y experiencia vital? Resulta curioso cómo el asumir las distorsiones con que conectamos con los demás y el entorno se convierte en un síntoma de crecimiento espiritual. Desesperados por no dejar de ser alguien nos perdemos de ser. Paradojalmente y acorde a lo inexplicable de tantísimas cosas de este mundo, nuestra insignificancia se vuelve grandeza frente al reconocimiento de nuestras limitaciones.

¿Vemos el mundo o nuestra idea del mundo? Si no ponemos la suficiente dosis de atención y observación despojada desde lo más auténtico de uno mismo, es muy probable que solo veamos el mundo que nuestra mente nos permite ver. Las convenciones conceptuales le van dando forma a ciertos marcos interpretativos que luego naturalizamos. Sin un análisis contextual la comprensión se limita a nuestros rigores mentales. Nos identificamos irremediablemente con algo que casi sin advertirlo se convierte en nuestra jaula y a veces, muy convencidos, cerramos con alegría nosotros mismos la puerta.
Mal que nos pese, la realidad social es fruto de una época, no de algunos líderes que deciden por los demás sometiéndonos a su voluntad. Esos líderes surgen del seno del colectivo social. Sería pertinente preguntarse: ¿Cuál es mi responsabilidad para que como grupo humano nos hayamos convertido en eso que vemos? ¿Cuál es mi contribución personal para que las cosas sean como son?
Quizá la urgencia de este tiempo demande que las ideas más nobles sean encarnadas para convertirse en una realidad más amable para todos.

Antes de valorar negativamente a alguien por una opinión apasionada es conveniente considerar la posibilidad que no se de cuenta que está errado porque simplemente no puede verlo. La situaciones en que tan claramente podemos distinguir un error deberían remitirnos de inmediato a nosotros mismos: Los equivocados podemos ser nosotros y no ser conscientes de ello.
Por eso es tan importante la educación continua que fomente la reevaluación de las propias certezas, no conformarse con el propio juicio, rodearse de colaboradores con pensamiento propio, aceptar la divergencia como una fuente de enriquecimiento y crecimiento personal, vincularse a gente que piensa diferente y por sobre todo, no perder de vista el principio de Meta-Pareto: “Al menos el 80% de la población piensa que está entre el 20% más inteligente.”

¿Son todas las opiniones iguales? ¿Tienen todas el mismo peso relativo? Cada vez me siento menos capacitada para descartar una idea que en primera instancia se presenta como carente de sentido. Es que no pierdo de vista que ya cuento con la suficiente experiencia y trucos mentales como para ver una adaptación y no la realidad desnuda. Aún así, no me aparto de la sana dosis de escepticismo en la que inicio la formación de un juicio. Una opinión tiene que ser un fruto maduro producto de la reflexión, el argumento y la evidencia para tener entidad. Siempre hay matices. Caso contrario, la opinión se apoyará en el prejuicio y en factores emocionales distorsionantes.

¿Todo lo bueno siempre es cosa del pasado? Las valoraciones retrospectivas son poco confiables. Conviene no olvidar que la memoria es selectiva asociando máximos, intensidad y grado de satisfacción con muy poca objetividad. La experiencia real suele tener poco que ver con lo que la memoria proporciona acerca de los eventos.
Cada vez me resulta más evidente que la creación del pensamiento es un proceso que dista en mucho de la perfección, de modo que, entre otras cosas, cada vez me fascino menos con los relatos de grandeza de épocas pasadas.

Y llega un momento que es tiempo de ir más ligero de cargas, de balancear entre el necesario coraje para afrontar lo nuevo y el reconocimiento de los propios límites. De dejar de hacer cosas por obligación y de abandonar la identificación con algo o alguien que está lejos de nuestro corazón. Está más que claro que somos un proceso inacabado en cambio permanente y pretender que algo sea estático, incluyendo quiénes somos, no es más que una fuente de dolor que se agrega al dolor inevitable que la vida trae. Porque es útil poder mirarse en el espejo de la conciencia y no sentirse un fraude manoteando el maquillaje o buscando la nueva versión para seguir disimulando. Cuando uno finalmente se da cuenta, la integración de cada aspecto deseado y no deseado de lo que somos encuentra su lugar. Entonces nos reconciliamos con la vida que nos vive con toda su grandeza y nos volvemos menos severos con nuestras incoherencias.
Me siento agradecida a la meditación. Sin este recurso no podría haber reconocido los matices con que puedo ir modificando mi mirada liberándome del prejuicio.

 

 

De las expectativas y las humanas ansiedades.

A veces es muy útil meditar sobre un tema en particular para explorar hasta que punto estamos condicionados por lo que sentimos y la manera en que la respuesta que damos en el presente está influida por ello. Es el caso de la sutil sensación de expectación. Tenemos expectativa porque creemos que recibiremos algo que nos completará, que nos hará sentir plenos, algo que terminará con la incomodidad, con esa inquietud vital que nos acompaña sin invitación. Al anticiparnos al futuro a través de las expectativas perdemos la experiencia actual y viajamos con la imaginación a un futuro donde esperamos recibir «un algo» que satisfará aquello que deseamos intensamente. No advertimos que todo aquello que nos sea dado en el futuro también nos será arrebatado en algún momento, de modo que no puede ser fuente de paz y plenitud duradera. La presencia de expectativas en nuestra mente delata nuestras creencias sobre la existencia de algo por conseguir, que el bienestar es un objeto más que podemos adquirir. Pero la plenitud no tiene nada que ver con algo que no está presente en cierto momento y sí en otro. Es un estado completamente atemporal vinculado al hecho de estar presente.

Al vivir en la expectación sobre lo que vendrá en un futuro negamos justamente lo que estamos esperando.  Cuando adviertas su compañía sutil puedes preguntarte, ¿qué estoy esperando? Una respuesta honesta contendrá la descripción de algún objeto o estado de la mente. Recuérdate que cualquier cosa que llegue en algún momento también se irá, de modo que no puede ser fuente de paz duradera. Nuestra naturaleza esencial e inmutable yace en el origen de lo que somos y no en algo por venir.

No se trata de detener o modificar las expectativas sino de orientarnos a la comprensión de su naturaleza, aparición y forma. Descansar silenciosamente en esa comprensión nos aquieta. Necesitamos advertir los impulsos emocionales que nos dominan llevándonos hacia el futuro o el pasado como una forma de resistirnos a lo que está presente. No nos damos cuenta hasta el punto en que nos convertimos en la mismísima actividad de resistir. La resistencia se volvió casi una norma de tanto practicarla y la no aceptación que la acompaña condiciona lo que pensamos y sentimos de forma prerracional. Necesitamos evaluar nuestros impulsos.

La mecánica de la expectación queda expuesta en la contemplación silenciosa. Observarla y comprenderla es ver con discernimiento. La conciencia atenta distingue que, aquello que anhelamos profundamente, no tiene nada que ver con la ansiedad tan común que se renueva todo el tiempo con nuevos deseos. Cuando descansamos en esta comprensión las expectativas se deshacen con naturalidad, sin esfuerzo, no es algo que hacemos sino algo que sucede. Es entonces cuando podemos recobrar nuestra naturaleza esencial e inmutable y el estado de plenitud que la constituye.

 

De la conciencia meditativa impersonal

Anterior a todo concepto estético, en la naturaleza aparece la belleza originaria, esa que prescinde de cualquier razón de ser. Belleza fecunda ante la que el alma se inclina. (Alice White)

A veces nos damos cuenta de ese ruido de fondo, de ese monólogo que relaciona recuerdos, acomoda deseos, explica situaciones y eventualmente atiende expectativas. A veces parece un griterío que se manifiesta como insatisfacción o como añoranza de algo pendiente de saciar.
Deseos y miedos parecen combinarse para mantener la mente ocupada al punto de agobiarnos. Silenciar ese ruido, lo que es apartar la atención de esos pensamientos de fondo que se autogeneran, abre la puerta a una dimensión de la realidad donde todo simplemente es tal y como es. Un medio para acceder es la meditación.
Asentarse y vivir desde esa realidad permite una comprensión sana y desdramatizada de la dinámica de vida, un vínculo con la existencia de absoluta reconciliación. Allí, que también es un acá, lo material y lo espiritual están integrados. En ese estado de conciencia florece la unidad. Y la lógica de la vida se explica a sí misma.

Alucinamos que algo es permanente cuando la realidad es impermanente. Queremos congelar lo que percibimos imaginando situaciones seguras y hechos seguros. Aún cuando en teoría aceptemos que todo cambia, aún cuando exista una aceptación intelectual de la dinámica de cambio que rige la realidad, ¿en qué medida está incluido en nuestra vivencia personal cotidiana? ¿fluimos en el cambio continuo o huimos hacia la ilusoria estabilidad humana del control?
Es un salto cualitativo de la percepción captar como todo se mueve al mismo tiempo, con su propio ritmo y con nosotros siendo parte, incluidas nuestra forma de pensar y sentir. No nos pertenecemos a nosotros mismos ni nos pertenece nada de lo que existe. Nada es fijo, no controlamos nuestra vida. Si hasta resulta «lógico» abrir el corazón y ofrecerse a la vida.

Y también somos un mosaico de sensaciones cuando el pensamiento se relaja en el fondo de la escena. Sensibilidad y apertura a la verdad despojada y transparente de nuestra naturaleza sutil con el silencio como sostén. Cuando la conciencia reorganiza la comprensión con suavidad y examina la realidad liberada de identificaciones, ya no hay una forma correcta y una errada. Es la más pura intimidad de la materia y la energía, de lo tangible y lo intangible. La experiencia directa sin perspectiva asociada. Es la pura apertura del ser integrada al esplendor de la vida. A su dimensión absoluta transpersonal.

La observación directa de la realidad ponderada por la capacidad de distanciarnos de los propios deseos, miedos, prejuicios y expectativas silencia la tendencia a mirar a través de nuestros condicionamientos y deseos derivados. Demasiadas veces caemos en la trampa de una lectura conformada por la medida de nuestros intereses. El auténtico acercamiento a los demás y las situaciones implica dejar espacio a una lucidez atenta que contenga las exigencias del yo y permita el despliegue de la presencia en su plenitud. Una presencia sin perspectivas que marquen límites.

Resulta revelador dar una caminata por el lado lento de la vida, ese no lugar casi desconocido. Contemplar el horizonte que atrae la mirada e invita a ir hacia las profundidades ocultas de lo nunca visto. Porque la verdadera naturaleza de las cosas está sutilmente resguardada de cualquier voracidad. Allí mismo, en el fondo vivo que subyace a la trama de lo visible.

La indagación minuciosa y atenta libera la mente de lo que da por sentado como real.  El pensamiento por sí mismo no puede ver la conciencia que fluye en la trama que la vida teje para la vida. (Alice White)

De lo material, lo espiritual y la dimensión absoluta.

Es un enorme disfrute el vislumbrar las sutilezas de la realidad en lo simple y cotidiano. Solemos referirnos a ello como la dimensión espiritual de la vida, lo invisible. Pero hay una dimensión absoluta que integra lo espiritual y lo material, donde lo complejo y lo diverso conviven en equilibrio con lo sencillo. Abordar esa dimensión absoluta requiere de la presencia consciente, abierta y vacía de ego para poder captar libres de filtros intelectuales y emocionales lo que la experiencia de estar vivos nos ofrece.

La observación directa es la fundación de los grandes logros espirituales. Observar con atención involucra la intención de comprender y no de juzgar. Observar con plena aceptación evita la dispersión de la mirada que se posa en la periferia tratando de asociar para justificar y encontrar coincidencias para argumentar creencias preconcebidas. La indagación minuciosa y atenta libera la mente de lo que da por sentado como real y evita que el ego distorsione la realidad. Es muy fácil perder la atención cuando el ego asoma su nariz creando pensamientos que le satisfagan.

Suele decirse que la imagen lo da todo hecho y es la palabra la que nos interpela. Pero, ¿el mundo que vemos deja ver todo lo mostrable?, ¿hay una forma de aprender a mirar para ver lo relevante?, ¿quién ve?
Al observar en perspectiva la mutación de mi propia mirada sospecho que la visión aprende de sí misma. En el juego paradojal de descentrarnos y centrarnos se encuentra la atención y en la apertura aparece el enfoque. Vaciarse para interesarse, suspender las presunciones y tomar en cuenta la autocomplacencia. En última instancia, quizá se trata de atender a la existencia de algo más amplio de aquello que el pensamiento egoísta puede ver.

¿Cuánta verdad estamos en condiciones de tolerar? Ese parece ser el límite en cualquier proceso de autoconocimiento. La espiritualidad simplona, del eslogan fácil o la que adorna con frases los almanaques no son más que analgésicos que no confrontan la propia oscuridad sino la alivian provisoriamente. Nuestras oscuridades buscan penumbra, no luz, por eso nos adaptamos tan bien a lo que preferimos. Pensamos que elegimos, pero… ¿quién elige?

Ser la conciencia no es algo que la mente tenga que hacer. Imaginar que somos un conjunto de pensamientos, percepciones y sentimientos implica pasar por alto lo que somos, olvidarlo y crear una existencia aparente. Es lo que sucede al pensar. El pensamiento no puede ver la conciencia, es transparente a su función.
Al meditar es posible hacerse consciente de la presencia de la conciencia donde reside la paz que no depende del estado de la mente, del cuerpo o del mundo. Simplemente ser tal y como somos sin ir al pasado o al futuro de la mano de pensamiento alguno. Pura presencia imperturbable.

Mientras sigas aferrado a tu ego,
vagarás a derecha e izquierda,
día y noche, durante mil años;
y cuando, tras todo ese esfuerzo,
finalmente abras los ojos,
verás a tu ego a través de los defectos
inherentes,
vagando alrededor de sí mismo como un
buey en la noria;
pero si, liberado de tu ego, finalmente
te pones a trabajar,
esta puerta se te abrirá en dos minutos.
(Hakim Sanai, poeta místico persa)

De la dulce compañía

A veces la música resulta en ruido, interrupción indeseada al bello silencio de la mente que la conciencia anhela. Hay otras veces en que el sonido parece acompañar el silencio destacando su belleza, asistiendo el proceso de despejar y concentrar. Y en ese estado de serenidad, de pausado equilibrio, los pensamientos son observados desde la lucidez silenciosa del testigo que contempla sin juzgar.

Las palabras  deberían ser vehículo para ir al encuentro de la experiencia de silencio y no reducirse al gozo intelectual de la descripción precisa. Dejarse abrazar por la trama que todo lo permea, navegar lejos de las orillas de los extremos para sentir desde su intimidad que siempre son sólo una.

«Deja en tu interior una parte para el misterio, evalúa y confronta pero no juzgues con conclusiones totalizadoras. Deja en tu corazón un espacio fértil para las semillas que traiga el viento, prepara un lugar para lo inesperado y un altar para la verdad de todas las cosas.» (Alice White)

De lo inevitable del dolor y su integración.

La vida nos coloca frente a situaciones desagradables y circunstancias difíciles que con una actitud inadecuada podemos agrandar y hacer más violentas.  Aún cuando seamos capaces de observar el dolor y pensar que lo aceptamos como parte de la vida podemos seguir negándolo. Porque cuando pensamos que podemos controlar la posibilidad de vivirlo asumimos un comportamiento que intenta aligerar el miedo de su presencia latente. Creemos poder protegernos del dolor y sobreactuamos causándonos un dolor más intenso. Sobrecorregir es fuente de dolor en sí mismo. Meditar ayuda, pero no lo cura todo como si fuera un elixir multipropósito. Sufrimos por causas variadas y algunas de ellas requieren atención psicológica. Para poder trascender el ego, ampliar nuestra visión del mundo e integrar los parámetros que lo constituyen y nos moldean, es necesario tener una personalidad madura. El ego necesita estar bien asentado y explorado para poder acceder a los pasos siguientes de la escalada espiritual. La vida es fascinante, maravillosamente deslumbrante y llena de asombro, pero está lejos de ser fácil.

Salir del estado de ensueño en el que solemos vivir implica agudizar la percepción del momento presente y esa es un práctica, una forma de ver que puede ser entrenada sin tratar de manipular hechos ni evitar nada. La contemplación es una vía de acceso a un nivel de conciencia integrado. Percibir no es un proceso mental complejo o que involucra un sofisticado método sino que con profundo pragmatismo y delicadeza a la vez nos conecta con el instante puro y así nos muestra cómo convertir la aceptación en un estado.

Creo en el mundo como en una margarita, porque lo veo. Pero no pienso en él, porque pensar es no comprender… El mundo no se hizo para que lo pensáramos (pensar es estar enfermo de los ojos), sino para mirarnos en él y estar de acuerdo… (Fernando Pessoa)

La vida tiene momentos extremos muy difíciles y en la muerte un límite final a la existencia como la conocemos que es inevitable. Tener presente a la muerte como parte de la vida es fundamental para no evadirnos y liberarnos de la cargas que impiden una vida plena. ¿Cómo llegaremos a la frontera última de la muerte? ¿Con paz en la mente y agradecimiento en el corazón o con miedo y desesperación?

Nuestra conciencia tiene cualidades luminosas que se fortalecen a través de la decodificación de lo paradojal de la vida. La mente con su lógica dualista es la barrera a trascender para acceder a una comprensión abarcativa. Camuflar el dolor  nunca es el camino a la sabiduría innata.

 Soy un cuidador de rebaños.
El rebaño son mis pensamientos
Y mis pensamientos son todos sensaciones.
Pienso con los ojos y con los oídos
Y con las manos y los pies
Y con la nariz y la boca.

Pensar una flor es verla y olerla
Y comer un fruto es saberle el sentido.

Por eso, cuando en un día de calor
Me siento triste de gozarlo tanto.
Y me dejo a lo largo en la hierba,
Y cierro los ojos calientes,

Siento todo mi cuerpo dejado en la realidad,
Sé la verdad y soy feliz. 

(Fernando Pessoa)

Del «aquí y el ahora» y su vínculo con el espacio y el tiempo.

Lo verdaderamente fantástico de meditar es que a veces logramos captar algo, darnos cuenta, casi tocar una porción de la naturaleza esencial de la vida. Es curiosa la normalidad con que damos por sentadas algunas verdades. Afortunadamente, ahí está el silencio para acceder al sí universal a todo, con serenidad, equilibrio y sin preferencias. Y vivir la aceptación no como un acto de resignación sino como la resultante de ver lo que no solemos ver.
Sucede con el tiempo y del espacio al considerarlos algo medible y ubicable. Pero el tiempo sólo existe en relación al pensamiento que ubica los eventos entre el pasado y el futuro. No hay experiencia del tiempo en el presente.
En el video que acompaña esta entrada, se puede escuchar a Rupert Spira, maestro de la no-dualidad que transmite algunas ideas muy claras sobre este tema.
El pensamiento superpone el concepto del tiempo a nuestra experiencia y nos hace sentir como fuera una experiencia real. Sólo se experimenta el ahora, que no es un momento que se mueve a través del tiempo. El ahora no es ni rápido ni lento. ¿Cuánto dura el ahora? Imposible encontrar esa experiencia porque el tiempo es un concepto valioso que al convertirse en creencia se vuelve problemático.
El tiempo es la conciencia filtrada a través del pensamiento. Y el espacio es la conciencia filtrada a través de la percepción.
El tiempo es lo que parece la eternidad cuando es filtrada por la mente, y el espacio es lo que parece el infinito cuando es filtrado por la percepción.
¿Dónde tiene lugar la experiencia? En el aquí. Pero el aquí no es un lugar, un punto en el espacio. Los lugares están hechos de experiencia y por lo tanto la experiencia no puede tener lugar en un lugar. La experiencia tiene lugar en la conciencia adimensional: El aquí, el no-lugar de la conciencia infinita.
El AHORA no significa un momento en el tiempo sino un momento de la eternidad atemporal. El ahora no está en el tiempo. Del mismo modo, el AQUÍ no es un lugar en el espacio.
El aquí y el ahora son la conciencia adimensional sobre los que no puede pensar porque no tiene dimensiones.
Es realmente asombroso considerar que nuestra experiencia actual, esta experiencia, está teniendo lugar y está hecha de algo que no tiene dimensiones, que no está en el tiempo ni en el espacio.
Esto es lo que los físicos contemporáneos llaman la no-localidad del universo.
La información que recibimos desde la sensación-percepción no expresa la realidad de la experiencia, tenemos que mirar más profundamente para poder conocer la realidad y no simplemente quedarnos con la información recibida por la sensación-percepción.
Todas las experiencias de la vida son en el aquí y en el ahora, no en un lugar particular del espacio ni en un momento particular del tiempo. Cuando sea que estés y dónde sea que estés, siempre es «aquí y ahora».

Meditaciones de estación: La mujer que mira las vías.

El desenfreno de lo cotidiano puede confundirnos pero existe una cordura fundamental que mantiene cada cosa en pie. Por más astutas y elaboradas que sean nuestras respuestas, las preguntas nos trascienden y permanecen intactas. Si logramos atravesar los filtros ambiciosos con los que observamos la realidad y la incomodidad de la falta de explicaciones definitivas, es posible percibir el orden encantador con que la realidad se muestra. La vida es creación y promesa en cada nuevo instante y al mismo tiempo no tiene sentido aferrarse a nada.
El origen de la insatisfacción está en nuestro hábito de apegarnos al placer como si proporcionara algo real y constante. Esto es una verdadera ilusión. Sufrimos de insatisfacción porque atribuimos a nuestros objetos de deseo cualidades que no están en ellos sino en nuestra propia mente. Cultivar una mirada neutra en relación a todo y a todos es otra proyección ilusoria que nos aísla, nos niega a la vida y no resuelve.
Todos tenemos apego en diferente proporción a cosas, a personas, a situaciones y las queremos conservar, a veces con insensatez evidente. Es desde la insatisfacción que vemos el contraste entre lo cierto y lo errado, lo bonito y lo feo, lo que nos gusta y lo que no. Así es como evaluamos y juzgamos el mundo externo como distante del interno, que es «lo verdaderamente espiritual».

Vivimos en una cultura del éxito donde ser útil es fundacional. Parecería que sólo se es, si se es para algo y en función de un resultado. Como consecuencia lógica, la muerte es vista como el fracaso final y la vejez una anticipación de eso que es preferible no contemplar. No es casual que el elogio por excelencia al viejo sea «qué joven estás, para vos no pasa el tiempo». La enfermedad, que podría ser un momento para replantearse prioridades y observar la finitud con ojos despojados, fue convertida en un problema técnico a ser resuelto por la medicina. Lo importante es tener un buen seguro o prepaga…
Solemos ver nuestra vida como un camino, pero se asemeja más a una llama que se va gastando y que al consumirse totalmente se transforma en algo diferente. Que ese algo sea incierto parece justificar su negación. Pero la vida es entrega, cada momento morimos al pasado aunque a través de la memoria creamos que lo que fuimos está en algún lugar. El recuerdo entonces, se parece más a un artificio que busca aliviar la impermanencia como algo que se padece.

La renuncia (de la que suele hablarse en las distintas tradiciones espirituales), es una decisión profunda y sincera de salir de la frustración e insatisfacción que nos quita la serenidad y el equilibrio. A lo que hay que renunciar es a la posibilidad de estar satisfechos constantemente y así dejar de esperar de la vida lo no puede darnos.